En mi afán por recabar la mayor información posible, solicite la colaboración de D. Sebastián Martín Murillo, primer párroco, para que me expresase sus impresiones sobre el aspecto religioso de esos primeros años. Con suma amabilidad, como en él es habitual, se prestó a colaborar conmigo pidiéndome, únicamente, que expusiera íntegramente el escrito que me mandaba. Cumpliendo su deseo paso a transcribir dicho escrito, y sirva el mismo como colofón de esta primera entrega sobre la Historia de Valdivia, que espero tenga su continuidad en años venideros.
Bajo el título “Los primeros años de Valdivia”, dice así:
Llegué a Valdivia, como párroco de la Parroquia de Ntra. Sra. de Guadalupe, en el verano del año 1.957.
Cinco años antes, el 1.952, al terminar la carrera sacerdotal, mi primer nombramiento me había traído a Villanueva de la Serena como coadjutor de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción, única que había entonces en esta ciudad, y de la que era párroco entonces D. Juan Rodríguez Sánchez y coadjutor también D. Juan Antonio Muñoz Gallardo. A los dos años de ello, se nos unió D. Antonio Guisado Tapia.
Después de cinco años de una actividad muy intensa en la ciudad de la Serena, el entonces Obispo de la Diócesis, D. José Mª Alcaraz y Alenda, creyó oportuno darme una cancha más responsabilizante y me encomendó la atención pastoral del que entonces era el pueblo más grande de Colonización de España. Si mal no recuerdo, eran trescientos sesenta y siete los colonos que lo habitaban más un grupo de obreros agrícolas.
Mi llegada al pueblo coincidió, casi, con el grueso de los colonos. Había un grupo que llevaba allí más años cultivando algunas parcelas y que habían vivido en unos barracones, hasta que se terminaron las casas, pero el mayor contingente, procedente de Villanueva de la Serena y algunas familias granadinas tomó posesión de la parcela y de las casas por aquellas fechas. Muchos de ellos habían sido trabajadores de la explotación agrícola “CREDITO Y COLONIZACION AGRICOLA” (CYCA). Anteriormente a mi llegada, había trabajado allí en benemérito sacerdote, D. Pedro Romero, tío de Pepa, la estanquera, conocida con ese apelativo porque regentaba el único estanco del pueblo.
Aquellos fueron años difíciles porque a la situación ya de por sí delicada económicamente de muchos colonos, se unía una dificultad añadida: la amortización del crédito bancario que no pocas familias hubieron de pedir para hacer frente a los primeros gastos hasta tanto se recogiera la primera cosecha. Pero hay que decir que con su laboriosidad e imaginación los colonos fueron saliendo airosos de aquellos primeros años erizados de situaciones punzantes.
El pueblo tenía luz eléctrica, unos jardines muy bonitos y una red de caminos que enlazaban unas parcelas con otras. No había, en cambio, agua corriente y el echo resultaba sorprendente porque toda la infraestructura, léase red de distribución, estaba terminada y faltaban solo pequeños detalles.
Contaba con un Centro de Enseñanza de seis unidades, tres para niñas y tres para niños, muy iluminado y muy bien ventilado. Como dato puramente anecdótico, diré que los maestros ¡qué nombre tan bonito! Eran: D. Manuel Jiménez, D. José Fernández y D.Antonio Jiménez y el de las maestras Dñª Pilar Rodríguez, Dñª Irene García, ambas prematuramente fallecidas, y Dñª Inés Gonzalo. La Sección Femenina contaba con un local que siempre fue muy frecuentado por la juventud, tanto masculina como femenina, pues una de las actividades, los bailes regionales, solían ser mixtos. Una Asistenta Social, Dñª Carmina Rodrigo, era la educadora de dicho Centro.
Las relaciones entre el I.N.C. y los colonos eran coordinadas por un Perito Agrícola, nombrado por el propio Instituto. El primero de estos peritos fue D, José Pinelo, al que sustituyó muy pronto D. Fernando González Palenzuela que realizó una gran labor, tanto humana como profesional.
Los servicios médicos estaban encomendados al Doctor D. Gervasio Palomo de Onís y al A.T.S. D. José Morales. D. Gervasio recordará, sin duda, la epidemia de tifus que se declaró en Valdivia y la dosis masiva de chamicitina (este nombre, por razones que no son del caso, no se me olvida) que se veía obligado a recetar. En la casa del médico había una pequeña clínica donde se pasaba consulta y un botiquín que persistió hasta que se abrió la farmacia.
Papel importante jugó la Cooperativa fundad casi desde que se inició la vida laboral. Como todas las entidades de este tipo, uno de sus cometidos fue buscar la defensa del colono procurando su unidad, sobre todo, a la hora de vender los productos. Aunque es cierto que tuvo diversas alternativas y no siempre las cosas funcionaron como debían, considero que, en su conjunto, su actividad fue de mucho interés y eficacia para los fines que perseguía.
Por último quiero echar una mirada retrospectiva a la vida religiosa que entonces se inició.
Esta vida religiosa se vertebró en un principio (sin perjuicio de otras actividades, como diré después) en torno a dos devociones fundamentales: El culto a la Virgen de Guadalupe por la devoción ancestral a esta invocación de María en estas tierras de la Serena y la dirigida a San Isidro, Patrono de los labradores. La imagen que de la Virgen de Guadalupe se venera hoy en el presbiterio del templo parroquial es obra del imaginero villanovense D. Eduardo Pino y fue regalada por el I.N.C. a la Parroquia. Después se trajeron las imágenes de la Inmaculada, de Jesús Nazarena y de la Virgen de Los Dolores.
Paralelamente a este revestimiento interior del templo, se organizaron dos misiones populares, muy en boga entonces, se dieron varias tandas de ejercicios espirituales, charlas formativas semanales para toda clase de personas, hombres, mujeres, niños, jóvenes, se celebró, durante la tarde de un sábado y la mañana de un domingo, el primer cursillo de “Llamada” de la Diócesis. Especial relieve revistió la organización del Cursillo de Cristiandad nº 26 de la Diócesis. Los dos grupos escolares fueron transformados en hotel para que en ellos se ubicaran los cerca de cincuenta hombres que acudieron a él.
Por supuesto, celebrábamos semanalmente las catequesis infantiles y, con mayor o menor éxito, se fue tejiendo la vida parroquial.
Casi de forma esquemática he intentado trasladar al papel algunas noticias que se me han pedido para esta revista. No he tenido ánimo triunfalista ni derrotista. Lo único que he intentado es plasmar de forma sencilla y objetiva alguno de los rasgos que configuraron el paréntesis de siete años de la historia de ese bello pueblo y en los que yo formé parte del mismo.
A todos los hijos de Valdivia mi deseo ferviente de unas fiestas muy felices.